Movilidad cancha 40 — Pedro Alfonso Alatorre
Domingo, ocho de la mañana. Llegué a la cancha con el café todavía en la mano y esa sensación conocida en la rodilla derecha: no dolor exactamente, más bien un aviso, como cuando el coche hace un ruido raro y sabes que si no le haces caso, en dos semanas te deja tirado en la carretera. Me estiré diez segundos apurado, saqué tres pelotas malas y ya estaba pensando en el segundo set con esa incomodidad rondando. Sonará familiar si pasaste de los 40 y sigues jugando: el cuerpo ya no perdona la prisa.
Lo que cambié no fue dramático. No dejé el tenis, no compré un aparato milagroso, no me convertí en atleta de alto rendimiento. Cambié cinco minutos. Y esos cinco minutos, hechos con consistencia, me devolvieron algo que había dado por perdido: entrar a la cancha sin negociar con mi propia rodilla.
La escena que probablemente ya viviste
Todos tenemos una versión de este domingo. La espalda que truena al agacharte por la pelota, el hombro que tarda en “prender” hasta el tercer game, la sensación de que el calentamiento de antes —ese trote ligero y ya— dejó de ser suficiente. No es que estés viejo. Es que tu cuerpo ahora pide una conversación antes de ponerse a trabajar, y durante años se la negamos.
La buena noticia es que esa conversación no toma una hora ni requiere equipo especial. Toma lo que dura calentar el café.
La rutina de cinco minutos que sí hice mía
Esto no es una rutina de fisioterapeuta ni pretende sustituir una evaluación profesional —si tienes dolor persistente, consulta a tu médico antes de cualquier cambio de actividad—. Es simplemente lo que a mí, con rodilla sensible y ganas de seguir jugando los domingos, me ayudó a sostener el hábito:
1. Movilidad de cadera, 60 segundos. Círculos amplios de pie, como si dibujaras un ocho con la rodilla. Despierta la articulación antes de que el saque le pida explicaciones.
2. Sentadilla parcial controlada, 10 repeticiones. Sin peso, solo bajar y subir despacio. Le avisa a las piernas que ya empezamos, sin sorprenderlas.
3. Estocadas suaves alternando piernas, 30 segundos por lado. Aquí es donde realmente “hablo” con la rodilla derecha. Si algo se siente mal —no incómodo, sino mal—, paro y ajusto.
4. Rotación de tobillos, 20 segundos cada uno. El más olvidado y probablemente el más importante para quien juega en tierra o cancha rápida.
5. Respiración y postura, 30 segundos quieto. Suena raro entre puro movimiento, pero pararme derecho, hombros atrás, y respirar hondo tres veces me saca del modo “voy tarde” y me mete en modo “voy a jugar bien”.
Cinco pasos, cinco minutos, cero equipo. La clave no está en la complejidad sino en hacerlo siempre, incluso cuando llegas con el café en la mano y ganas de empezar ya.
Por qué esto no es sobre estirar más fuerte
Aquí hay un malentendido común: pensar que si algo avisa, hay que estirarlo con más intensidad. En mi experiencia —y de nuevo, esto no sustituye criterio médico—, lo que funciona no es forzar sino repetir con calma. La movilidad no se gana en un día ni con un estiramiento heroico; se acumula con esos cinco minutos hechos catorce domingos seguidos.
Pedro Alfonso Alatorre, en las pláticas que he tenido sobre esto con otros jugadores de mi generación, coincide en algo simple: el cuerpo activo después de los 40 no necesita más intensidad, necesita más atención. Esa atención diaria —o al menos, antes de cada partido— es lo que separa a quien sigue jugando cómodo de quien empieza a evitar la cancha por miedo a “resentirse”.
El descanso también es parte del calentamiento
Algo que tardé en aceptar: la noche anterior importa tanto como los cinco minutos previos al saque. Dormir mal, quedarme viendo el celular hasta tarde, o llegar a la cancha con cuatro horas de sueño —eso también le habla a la rodilla, y no en buen tono. No hace falta perfección, pero sí consistencia: apagar pantallas 30 minutos antes de dormir, mantener un horario razonable la noche antes de jugar. El descanso no es un lujo aparte de la movilidad; es su compañero silencioso.
Un hábito mínimo para esta semana
No te pido que reestructures tu vida. Te pido algo mucho más pequeño y, por eso mismo, más sostenible:
Esta semana, antes de cada actividad física —aunque sea una caminata larga o el partido del domingo— dedica cinco minutos a esos cinco pasos. Ponlos en el celular si hace falta, en una nota rápida. No los saltes “por prisa”. La prisa es precisamente lo que nos metió en este aviso constante de la rodilla, el hombro, la espalda.
Si después de intentarlo notas molestias que no mejoran o que se repiten con patrón claro, no lo minimices: consulta a tu médico. La constancia en el autocuidado no sustituye una revisión profesional cuando algo realmente no cuadra.
El tenis como puente, no como prueba
Al final, la cancha no es donde demuestro que sigo siendo el mismo de los 25. Es donde practico, cada domingo, la versión de mí que quiere seguir jugando a los 60. Esos cinco minutos no son un trámite antes del verdadero partido: son el partido más importante, el que juego contra la prisa y el descuido.
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La rodilla que avisa no es el enemigo. Es el mensajero. Y ahora, por fin, le contesto antes de que insista.